martes, 21 de diciembre de 2010

Después de muchos días de reflexión, de idas y vueltas de memoria, de deseos aletargados, de mentes vacías y palabras sin sentido llega a la conclusión de que le gusta estar triste. Evita estarlo, por aquello de los suicidios o las rasgaduras de piel, los tragos de amoniaco o cualquier antidepresivo. Curiosamente no ha pensado en su muerte y para su sorpresa se encuentra extrañamente feliz. No sabe si cuestionarse sobre esa inexplicable felicidad o dejarse llevar, aunque sabe que cada que se deja llevar algo sale mal. No quiere que se acabe, pero cuanto más lo piensa, se da cuenta de que esa hermosa felicidad, pura por el simple hecho de que nadie, absolutamente nadie se la ha producido, le impide escribir. Y en verdad quiere ser feliz y le alegra mucho más que no haya necesitado de un tercero (porque su mente es el segundo) para poder ser feliz, que no haya dependido de alguien para sentirse bien. Pero a la vez no sabe qué hacer, si enamorarse temporalmente de alguien para que le rompan el corazón y escriba decepciones o inventarse un muerto, o empezar a mentirle a todo el mundo sobre Dios...

...Y después de dos o tres versos se miente a sí misma y comienza a escribir.

1 comentario:

  1. Haha! Vaya... ¿A quién me recordará este tipo de escritura? Es una propuesta fiel para una petición automática al temor de seguir escribiendo...

    Pero me pareció bastante directo; todo al grano y sin ir de poco a poco... Muy buenas frases, las tuyas...

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